Una cervecita fresquita fresquita
Zascandiles en el Camino del Norte
In Memoriam

En el otoño de 2009, Juanjo y yo, casi tan ilusionados como dos muchachos, iniciamos el Camino del Norte. Llegamos a Irún en tren, pernoctamos en su albergue, juvenil naturalmente, y bien de mañana, acometimos la etapa Irún-San Sebastián que callejea al principio por la ciudad para, en media hora, enfrentarnos a la fuerte subida a la Ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, un hermoso templo en el que se encuentra la patrona de Fuenterrabía y que no pudimos visitar por lo temprano de la hora. A la ermita se había desplazado gentilmente un miembro de la Asociación de Amigos del Camino en Irún, para entregarnos la obligada credencial del peregrino. Fue, seguramente, la primera de las múltiples atenciones que recibimos en nuestra travesía del País Vasco
Desde la ermita ya sale el camino que, casi cresteando por el norte del monte Jaizkibel, nos llevaría sobre los acantilados vertiginosos que caen al Cantábrico dejándonos ver amplios horizontes marinos en una mañana de lluvia ligera que apenas alcanzaba a mojarnos ni a disminuir nuestro entusiasmo, embebidos como íbamos en el paisaje de mar y rocas deslumbrante para todos pero especialmente, pienso, para gentes de interior como nosotros poco habituadas a esta magnificencia.
el descenso hacia las playas donostiarras de nuevo puso a prueba abductores y cuádriceps aunque el envite se gratificara con las perspectivas marinas que nos iba regalando el¡ sendero.
El mar se encrespaba deprisa con el inicio de una furiosa galerna que azotaba con olas de cuatro metros los diques del paseo marítimo ya protegidos con esas vallas y cintas que tantas veces vemos por televisión y que ahora nos mantenían alejados de los muelles. Nosotros no habíamos visto nunca de de cerca un espectáculo tan sobrecogedor y no sabría decir si estábamos más entusiasmados que asustados; pero desde luego no necesitábamos vallas para mantenernos lejos. El mal tiempo, el cansancio y el vino nos hicieron retirarnos a nuestros cuarteles de invierno - léase albergue- Aun no pensábamos que la galerna, al final, iba a condicionar y a la postre abortar, nuestra recién iniciada aventura.
Muchas veces, durante todo este tiempo, intentamos sin éxito convencer a Alfredo de que se uniera a nuestra aventura; sin embargo, de alguna forma, siempre estuvo presente en ella, por lo que estas páginas también quieren ser un homenaje a nuestro amigo.
Desde la ermita ya sale el camino que, casi cresteando por el norte del monte Jaizkibel, nos llevaría sobre los acantilados vertiginosos que caen al Cantábrico dejándonos ver amplios horizontes marinos en una mañana de lluvia ligera que apenas alcanzaba a mojarnos ni a disminuir nuestro entusiasmo, embebidos como íbamos en el paisaje de mar y rocas deslumbrante para todos pero especialmente, pienso, para gentes de interior como nosotros poco habituadas a esta magnificencia.
Embelesados en el fantástico espectáculo de mar y cielo, de sol y nubes, hicimos casi sin darnos cuenta los diez kilómetros que nos separaban del violento descenso a Pasajes. Aquí los cuádriceps van a soportar la primera prueba dura del camino resistiendo el empuje de peregrino y mochila en escaleras y rampas de desniveles superiores al veinte por ciento,
Tanto esfuerzo se veía de sobra recompensado con las espectaculares vistas del pueblo marinero "ese pequeño edén resplandeciente al que llegue por azar y sin saber donde estaba" que hechizó a Víctor Hugo.
La bajada finaliza en Pasajes de San Juan, donde dimos un entusiasmado paseo bajo los cuatro arcos de su única calle, la Donibane kalea (calle de San Juan) "que siempre te lleva a donde quieras ir" flanqueada a ambos lados por nobles edificios de piedra ocre erosionada por el salitre y los siglos. Luego repusimos fuerzas con un gran café y unos buenos pinchos en una entrañable taberna del puerto, casi justo enfrente del embarcadero donde tomaríamos La Motora, la pequeña y bonita lancha azul que, en un par de minutos nos llevaría al oeste, a Pasajes de San Pedro, para continuar nuestra aventura. El tiempo de la mínima travesía se nos fue en contemplar embobados como se alejaban las solariegas casas. Aún era temprano, día de diario, y la ausencia de turistas nos dejó empaparnos a nuestro gusto del sabor marinero de la bahía.
Apenas nos paramos a apreciar Pasajes de San Pedro que en esta zona se reduce a los grandes bloques que forman el espigón hacia el faro porque ya el cuerpo nos pedía de nuevo camino, y desde la punta del mar enseguida nos enfrentamos a las duras escaleras que habían de sacarnos de la bahía para dejarnos a media altura sobre la ladera del monte Ulía. Pronto empezamos a ver la silueta inconfundible del Faro de la Plata al parecer llamado así porque las rocas bajo él toman un color plateado, vistas desde el mar, a determinadas horas del día. Las mochilas ya nos iban pesando y, aunque era tentador, evitamos las rampas que suben hacia él. Nuestro camino, siempre colgado sobre la mar lo fue dejando atrás, mientras que al oeste empezaba a intuirse San Sebastián.
el descenso hacia las playas donostiarras de nuevo puso a prueba abductores y cuádriceps aunque el envite se gratificara con las perspectivas marinas que nos iba regalando el¡ sendero.
A la entrada de Donostia, aun en las empinadas, algunas escalonadas, calles que bajan hasta la bonita playa de Zurriola, recibimos un cariñoso
⎼!!Bienvenidos a nuestra tierra, peregrinos¡¡
por parte de una agradable mujer, más o menos de nuestra edad. Esto nos puso contentos y nos dio fuerzas para terminar de atravesar Zurriola y acometer la interminable y famosa Concha en busca del aterpetxea Ondarreta que está justo al final de la arena y al pie del Monte Igueldo. La mar, aunque estaba algo revuelta , aun no daba muchas muestras de lo que vendría después; y aunque el kilometro y medio de playa se nos iba haciendo largo, estábamos contentos: la primera prueba estaba superada
Era un buen albergue, amplio, acogedor y casi para nosotros solos; pero casi anochecía ya y El Antiguo, la Plaza mayor, pero sobre todo - seamos sensatos - sus pintxos y sus vinos, nos llamaban a gritos. Una rápida ducha, y a conquistar Donostia,
Así es que esa noche anduvimos por las blasonadas calles donostiarras más en busca de sus pintxos que de su historia; pero de ambas cosas y de buen vino disfrutamos por la vetusta ciudad aunque el cansancio hacía mella y con los dos primeros vinos nos empezamos a encontrar fundidos; y la noche comenzaba a complicarse

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