Zascandiles en el Camino del Norte

sábado, 10 de julio de 2021

Reiniciamos

 







La del alba sería del día veinte y nueve  de abril del año del señor de dos mil y quince, amigo Juanjo, cuando los zascandiles, enmochilados y con la alegre inconsciencia que es propia de la juventud,  tomamos el Ave en Toledo,  camino de Madrid-Chamartín. Íbamos, eso sí, protegidos por los casi dos metros de tu hijo, para nosotros siempre Juanjete,  que con la sabiduría y el aplomo de sus treinta y pico de años y su hábito de desenvolverse en ellos como en su medio natural,  nos condujo con rapidez y precisión por los  laberintos procelosos de intercambiadores y transbordos por los que casi nos  llevó  de la manita   hasta dejarnos situados justo frente al andén del Alvia que nos debía  conducir a San Sebastián. Creí percibir un halo de preocupación en su barbuda faz cuando al final debió abandonar a su destino a su amado padre en compañía de un irresponsable como yo. Quedamos pues abandonados a nuestra suerte. Nosotros ¿recuerdas? al verlo partir, desamparados y confusos, no encontramos otro consuelo que refugiarnos en un chocolate con churros en la cantina de la estación que sorbimos entre abundantes lágrimas, sobre todo tú, que para eso es tu hijo.

 

Ya en el tren, haz memoria,  ocupaban asientos frente a nosotros dos distinguidos y atildados caballeros, trajeados encorbatados y circunspectos, y enseguida  estuvimos de acuerdo en que, faltaría más, eran   muchííííííísimo mayores que nosotros. Impecables en su correctísima vestimenta propia de los latín lover maduros del cine de De Sica,  los dos gentlemen habían dejado junto a nosotros sus maletas, tan clásicas como ellos y con apariencia de caras.  Al parecer inquietos por no tenerlas más cerca, cambiaron de asiento media docena de veces mientras tu y yo, por lo bajini, apostábamos a si volverían o no a cambiar de sitio. Ajenos a nosotros ellos siguieron en su afán cambiante sin descomponer sus elegantes maneras ni presentar una sola arruga en su vestimenta hasta que se apearon en Burgos poniendo fin a nuestra tontorrona diversión.


Nos dejaron, recuerda, un poco chafados y aburridos, por lo que una cervecita fresquita fresquita era sin duda la mejor opción. Luego, como la camarera se apellidaba  Muñoz y resultó ser casi paisana tuya o algo así y no había nadie más en el bar, pegamos la hebra con ella, que era simpatica y se prestaba a la charla. Después  una cabezada modorra en los asientos y  a la una y media o así llegábamos a San Sebastián. 



 En Donostia nos dimos prisa, casi corrimos,  para llegar cuanto antes a la parada más próxima del Euskotren, tuvimos suerte, lo cogimos pronto y sobre las dos y  media llegamos a  Zarauz. Al fin estábamos de  nuevo en la ruta. Justo donde la abandonamos seis años atrás. 

 


Bien traqueteados por tanto tren, llegamos  a Zarauz, cansados, contentos, con  hambre y casi babeando por una  cervecita fresquita fresquita. El tren nos había dejado en la parte occidental de la espectacular playa “la reina de las playas” que le dicen los vascos por sus dos kilómetros de longitud (la más larga de Euskadi) y sabíamos que nuestro camino, como es lógico, partía a poniente, por lo que decidimos ir andando hacia el oeste por el gran paseo marítimo hasta encontrar algún sitio donde comer. Pero la suerte parecía de nuestra parte y nada más llegar a la orilla del mar nos encontramos ni más ni menos que con el hotel restaurante KARLOS ARGUIÑANO.


 

Ya sabes lo contentos que nos pusimos. Frotándonos las manos y decididos a tirar la casa por la ventana, nos fuimos para dentro y aunque  casi nada más entrar ya fuimos advertidos por aquel fornido camarero, tatuado hasta el alma y no excesivamente amable, de que el restaurante estaba cerrado, cómo nos ofreció  la posibilidad de tomar unas  raciones en las mesas del bar, la perspectiva seguía siendo buena  y el razonamiento lógico:

 

Estamos en el País Vasco tierra de grandes cocineros

La cafetería es de Arguiñano, famosísimo  cocinero vasco

Ergo  las raciones serán espléndidas, sabrosas, inolvidables.

 

El silogismo era de libro, así es que con  esa perspectiva nos pusimos a fotografiar y guasapear a la familia la carta de la cafetería, para demostrarles el alto standing con que  los zascandiles iniciábamos nuestra andadura. Las respuestas, generalmente acusándonos de  “morrazos” y cosas peores  no hacían más que aumentar nuestro regocijo por la envidia que creíamos dar  y por la certeza de las espectaculares y ricas raciones que con todo esmero nos estaban, seguro, preparando en la cocina, Al fin y al cabo la suerte nos había conducido, o eso creíamos, a uno de los templos culinarios de Euskadi

 

Pues  ¡NO!

 

Una vulgar fuente de una todavía  más vulgar  ensaladilla y unas rabas chamuscadas, (las pediste tú, no lo niegues) nos fueron servidas con displicencia por el mozo tatuado, y aunque nos quitaron el hambre también se llevaron por delante, con nuestro entusiasmo,  las ganas de probar algo más. En honor a la verdad hay que reconocer que el sitio era precioso que la cerveza estaba fresquita fresquita y habíamos descansado lo suficiente para aprovechar la tarde. No estábamos para deprimirnos por una pata de calamar más o menos tiesa-



 

           

La mar y la tarde, compañero, estaban espectaculares; así es que cogimos alegremente el camino de Getaria: Su imponente monumento a Elcano y su puerto pesquero nos  aparecían al alcance de la mano tras los cuatro kilómetros de paseo marítimo sobre la desierta  bahía, apenas pespunteada por la espuma de un cantábrico tranquilo.


 Después de la obligada parada y las fotos en el monumento a Elcano,  dimos  una breve vuelta por Getaria con visita a su precioso barrio viejo y  a la magnífica iglesia de San Salvador,   en la que tuvieron lugar las primeras juntas generales de  Guipúzcoa allá por el siglo XIV. Como la tarde apenas empezaba y había tiempo, entramos en el  imponente templo sin esperar que iba a estar regido por un no menos formidable  descendiente de aquellos junteros: un  abrupto párroco de txapela y malas pulgas que nos trajo a la memoria  a  aquellos curas aberzales de los años de fuego y que, con su displicente, si no decididamente hostil, acogida  nos hizo añorar  el mar, el camino y la tarde soleada que, fuera de la iglesia,  nos llamaban a gritos,  por lo que, de mutuo acuerdo (éramos facilones en esto, ¿verdad?) decidimos emprender el camino de Zumaia.  Total, ocho kilómetros más o menos no iban a impresionarnos a estas alturas del día.


 

 

Aún veo el atardecer cayendo sobre   Zumaia cuando apareció   de pronto muy  abajo tras una revuelta de nuestro  camino que hasta ahora se colgaba sobre los grandes acantilados cayendo a la mar, Nos recreamos en  la   panorámica de la playa iluminada por el sol de la tarde y la vista del canal,  el puerto y la propia  ciudad presidida por  la iglesia de San Telmo, una oscura mole con  más aspecto de castillo  que de templo como tantas otras iglesias-fortaleza vascas del gótico.


Tras un  vertiginoso descenso y ya algo cansados,  nos  sentamos en un banco del paseo marítimo para contactar con el albergue de peregrinos y enterarnos de que a la señora madre del hospitalero se le había ocurrido morirse ese día (descanse en paz, señora)  por lo que el albergue permanecía cerrado. Como es natural me hiciste notar que era culpa mía no haber previsto la estirada de pata de la buena mujer y menos mal que, enseguida, conseguimos contactar con  la única alternativa que quedaba,  el Albergue de Santa Klara,  que estaba solo a  un par de kilómetros, tras una ligerísima pendiente, eso sí. Yo no tengo la culpa de que la liviana cuesta se te atragantara sí, total,  solo era un desnivel del quince por ciento nada más, seguramente menos de tres mil pasos,  y con lo bien que habíamos comido en Arguiñano teníamos reservas de sobra. Bueno a lo mejor si era un poquillo dura la subida, pero vamos que tampoco era pa ponerse así ¡hombre!

 

¡El cielo tengo ganao, el cielo!



El caso es que subimos como jabatos desatalentaos y  al final  llegamos a Santa Klara  que es una deliciosa casa rural  que por cuarenta euros  de nada nos ofreció  una medio correcta habitación doble con una cama grande endoselada  y otra más normalita. La endoselada te la cedí gustoso que  para eso eres el jefe; aunque debes reconocer que aparecías entre el dosel como el lobo de caperucita en la cama de la abuelita. ¡Je!

 

Compartimos hostal  con  dos bullangueras españolas de treinta y muchos o cuarenta y alguno  y un italiano guaperas y cuarentón,  todos peregrinos. Aunque luego veríamos que no parecían buscar indulgencias plenarias, pero si jubileos.

 

La dueña, dispuesta,  simpática y comercial, ya que no iba a darnos cena nos llevó a todos en su todoterreno grandote a distraernos  disfrutando  de una gran vista  del  flysch de Zumaya que a decir de los geólogos es el más importante de  la costa vasca. El punto elegido fue la Ermita de San Telmo, ese templo pequeño y entrañable que ha alcanzado la fama  después de la caótica boda de  "8 Apellidos Vascos", y que es un punto fantástico para contemplar los famosos sedimentos. La marea baja nos permitió una excepcional panorámica de las playas fósiles.




No nos vamos a olvidar fácilmente  ¿verdad? de cómo, tras la visita panorámica, nuestra patrona  nos abandonó de mala manera  en  el centro de Zumaya para que nos buscásemos la vida con la cena. – por aquí hay muchos restaurantes buenos, no vais a tener problemas – nos dijo a modo de despedida.   Luego ya volvería a buscarnos,  El trío italo-español desapareció como por ensalmo tan pronto nos bajamos del todoterreno mientras tú y yo ya  bastante cansados, nos dábamos cuenta de que en las calles oscuras estaba todo cerrado y buscamos sin suerte una cena decente. Al final, en uno de los pocos bares abiertos, mal cenamos  un par de vinos y unas insípidas raciones de algo  que confirmaron que, al menos en lo culinario, no era nuestro  día. Lo más decente de la jornada había sido el chocolate con churros de Chamartín.

 

Acuérdate de lo cansados que  llegamos al punto de recogida a la hora prevista y  menos mal que nos  aguardaba puntual la hija de nuestra patrona, risueña y robusta moza,  en cuya compañía aun tuvimos que aguardar casi  una hora, paciente e infructuosamente, a ver si aparecían nuestras compatriotas; hondamente preocupados por las maldades que el italiano,que muy probablemente era  el violador del flysch, pudiera estar cometiendo con ellas.  


Menos mal que la alegre conversación de la  aguerrida hija de la dueña que iba a hacernos de chófer hacía entretenida la espera. Esta poco más que adolescente,  habladora y salada,  nos deleitó con sus hazañas de granjera  entre cuyas habilidades destacaba la de ordeñar sus vacas a mano, lo que obviamente puso de relieve  nuestra manifiesta  inferioridad  ciudadana mientras ella, ufana y satisfecha, saboreaba el triunfo.

 

A pesar de todo,   verdaderamente agotados,  le pedimos que nos llevase a dormir, lo que hizo encantada abandonando al trío a su suerte.  – Que se las apañen, yo no bajo a buscarlos ya Llegamos a Santa Klara hechos polvo. Llevábamos dieciocho horas de ajetreo continuo  desde que salimos de Toledo. Recuerdo que, enseguida, de tu baldaquín salían estertores, ronquidos, gemidos y bramidos en uno de los más acabados conciertos que te conozcoo; pero mi cansancio no me permitió disfrutar mucho rato de tu arte.



Amanecimos descansados y contentos. Tu cara surgió entre las colgaduras  cual Blanca Nieves satisfecha y oronda y tu eterna sonrisa evidenciaba que el concierto nocturno no te había fatigado en absoluto. Durante el parco  desayuno (un mal café y unas galletas)  tuvimos la alegría de comprobar que nuestras compatriotas habían regresado sobreviviendo  a las torturas a las que sin duda hubo de someterlas el malvado espagueti, y se las veía ojerosas pero alegres y cuchicheadoras.  Ellas daban por terminado el camino y regresaban a Irún. En cuanto al perverso italiano (conste que la verde envidia no  influye en mí, nuestro, calificativo), andaba el hombre un tanto desmejorado, tanto que contrató el transporte de la mochila hasta su próximo  albergue, porque, según él había pasado tan mala noche que no iba a poder con el petate.

 

Recuerda que teníamos  la sospecha –más bien tú que eres un desconfiao – de  que abandonó la mochila y el camino para seguir rijoso tras nuestras alegres compatriotas, aunque no creo que tuviera éxito porque todo el mundo sabe que la española cuando besa es que besa de verdá y a ninguna le interesa besar por frivolidá ♫♫♫♫

 

¡¡¡¡Que duro es el Camino del Norte.!!!!

































































martes, 4 de mayo de 2021

La Retirada

 



Diluvió toda la noche;  por la mañana arreciaba el chaparrón, y los pronósticos, ahora sí habíamos visto la predicción,  empeoraban para al menos una semana más, por lo que al final y bien a nuestro pesar, asustados por las penalidades del día anterior y abrumados por el aguacero continuo y las sombrías perspectivas del tiempo venidero, decidimos  afrontar la realidad y, con un vago sentimiento de cobardía, abandonar.



Adoptada la decisión de dejarlo, la mejor alternativa de regreso era tomar un  tren interior a  Bilbao y buscar  desde allí un enlace para llegar a Madrid así es que,  casi de noche aun,  nos fuimos del albergue porque nos interesaba coger el primer euskaltren disponible  para llegar cuanto antes a Bilbao y gestionar la vuelta a casa. No recuerdo donde desayunamos pero creo que  compramos algo  para hacerlo sobre la marcha.




 El tren doméstico tarda casi tres horas en cubrir los noventa kilómetros, más o menos, entre Zarauz y Bilbao y su ruta debe ser preciosa al menos en  el  tramo de Zarauz hasta Deba por  donde sigue casi la línea de la mar; pero la cortina de agua que seguía cayendo no nos permitía apreciar belleza paisajística alguna; tan solo de tanto en tanto algunos árboles desdibujados como fantasmas cruzaban cerca de las ventanillas empañadas que de vez en cuando intentábamos limpiar de vaho en nuestro afán de ver algo. Sin  embargo a medida que el tren nos internaba en el Duranguesado la cercanía de los edificios a las vías  nos dejaba verlos y nos  ofrecía una perspectiva menos idílica de Euskadi: La imagen de los oscuros pueblos-barrio de bloques de ladrillo chorreante que el tren casi rozaba alternando con largos tramos  de zonas industriales en abandono que la incansable lluvia teñía  de marrones y grises subrayando sin limpiarla la sucia apariencia  de los edificios descarnados. En el interior caliente del tren, animadas conversaciones en euskera  no hacían  más que aumentar un cierto sentimiento de aislamiento y soledad,  algo de tristeza por la rendición y, ya abandonada la aventura, el deseo de estar calientes, secos y en casa.

 





Bilbao nos recibió con la misma lluvia incansable  que disfrutábamos desde ayer,  y  que nos obligó a ofrecer  la curiosa estampa de nuestros cubre mochilas  rojo y gualda, incompleta bandera de España, que tuvimos que portear  por la ciudad toda la mañana  porque en la estación central de Renfe no existía consigna donde dejar los petates  (la explicación era obvia entonces). Compramos nuestros billetes y después de conocer a una activista de algo, ya talludita, que a Juanjo le  hizo una encuesta sobre no sé qué, nos fuimos a conquistar Bilbao. La lluvia seguía  aunque era más soportable, a ratos poco más que un  sirimiri,  y siempre  podíamos andar refugiándonos  bajo los  soportales y  saledizos de la ciudad vieja. Un par de horas  nos fuimos de visita al Guggenheim con lo que, además de culturizarnos,  conseguimos darle esquinazo, de una sola tacada, al aguacero y a las mochilas que, aquí sí, nos admitieron en el guardarropas del museo







Luego seguimos paseando por el Casco Antiguo y la Ría nuestra mutilada enseña nacional y nuestro aspecto de españolazos  trasnochados  pero sin reparos ni problemas para visitar la ciudad, tomarnos unos vinos y, ya llegado el mediodía,   comer muy bien en un pequeño restaurante de la plaza de Unamuno donde tuvimos la fortuna de conseguir una mesa con vistas a la misma plaza que brillaba preciosa de lluvia,  Su buen menú del día y la atención del personal, constituyen un hito que recordaremos siempre en nuestras andariegas aventuras. Los vinos y la buena comida nos iban levantando la moral y, a pesar de los chaparrones que nos seguían sacudiendo de tanto en tanto, ya nos sentíamos  tan contentos cuando nos fuimos a la estación. No nos veíamos cobardes sino prudentes e inteligentes por la sabia decisión tomada, y deseábamos ya la salida del tren que, si no recuerdo mal, partía sobre las seis de la tarde.




 

-        ¡Hombre, mis amigos de Madrid! -

  

La aberzale de la encuesta  seguía por allí, inasequible  al desaliento…  y nos liamos de política. En realidad creo que ella estaba deseando entablar conversación y hablarnos de su socialismo abertzale militante y su lucha por la libertad de su pueblo (sic)  Se quedó un tanto sorprendida  porque  la dije que lo de socialismo y nacionalismo eran teóricamente incompatibles, o algo así,  porque creo que era una idea  que no se había planteado antes; pero la discusión resultó animada y, como dicen los jóvenes, de buen rollo, y Juanjo quedó muy contento porque, según dijo, yo la había puesto en su sitio. Nos despedimos deseándonos suerte y nuestra activista siguió alegremente buscando capturas para  sus encuestas.

 



 

Iniciada ya la tarde salimos hacia Madrid con añoranza caminera y el firme propósito de volver.


Después Juanjo, por diversos motivos, no pudo reanudar el camino que yo al fin terminé sin él. Sin embargo nunca abandonamos el propósito de reanudarlo juntos en el punto en el que lo interrumpimos.











 

sábado, 10 de abril de 2021

La Galerna

 




































Al  día siguiente, y aunque ya de partida llovía, salimos de San Sebastián y acometimos animosos la subida del Monte Igueldo mientras el tiempo se cerraba y la fresca lluvia inicial se iba convirtiendo rápidamente en aguaceros cada vez más intensos que pronto hicieron inútiles, chubasqueros, botas y cubre mochilas.


 Llevando casi dos horas de camino y siendo ya la empapada irremediable,  decidimos seguir adelante con la vana ilusión de que el  cielo se volviese más clemente, pero  los senderos  se convirtieron  pronto en  torrentes que nos hacían caminar, literalmente, con  el agua hasta la rodillas y sin otra alternativa que la de seguir adelante por las sendas  desechando la idea de continuar por las estrechas carreteras sin arcenes, llenas de curvas, anegadas y peligrosas por la casi nula visibilidad.  Regresar al punto de partida tampoco era una opción porque calculábamos que ya andábamos mas cerca de Orio que de Donosti; así es que cabeza gacha bajo los sombreros empapados y adelante.

Las guías del peregrino suelen describir como una auténtica delicia esta parte del Camino, pero  nosotros no tenemos más recuerdo que la intensa lluvia y las sendas convertidas en torrentes que bajábamos a tumba abierta y siempre con el miedo de dejarnos una tibia entre las invisibles piedras del lecho del  sendero-arroyo. Aun hoy, nos asombramos de que ninguno de los dos nos partiésemos la crisma.


 Al fin,  conseguimos llegar a Orio, otro de estos preciosos pueblos marineros  del Norte de España,  la patria de Oteiza y todo  un hito en el Camino de Santiago. Con el diluvio universal sobre nuestras cabezas poco apreciábamos la belleza de su calle principal por la que bajamos como exhalaciones en busca del refugio que por fin encontramos en  la oficina de turismo en donde fuimos acogidos cálidamente   por una cariñosa  azafata de la que siento no recordar su nombre y que, entre risas,  nos calificó como 

los peregrinos más mojados que he visto en mi vida –. 

Allí, en los servicios,  y abusando de la hospitalidad de la chica, intentamos cambiarnos de ropa para darnos cuenta de que la de repuesto, dentro de los petates, estaba tan mojada como la que llevábamos puesta. Nuestra amiga nos disuadió de cualquier idea de dormir en Orio, ahora no recuerdo si el único hotel estaba cerrado o completo; pero lo cierto es que no había nada.


No quedaba más remedio que intentar llegar a Zarauz. A eso de las doce abrieron algo las nubes y cogimos con ánimo el camino. Aunque continuábamos mojados, la  cosa no pintaba tan mal y si seguía sin llover la ropa se secaría caminando.  Con buen ánimo, bajamos  la calle del muelle    – Kaia kalea – tomamos un  café deprisa en un bar del propio malecón y atravesamos el puente sobre el río Oria ya prácticamente convertido en ría dado lo inminente de su abrazo con el Cantábrico.

La mojada carretera,  con muy profundas curvas y prácticamente sin arcenes, se nos hizo de nuevo más peligrosa que el camino peregrino por el que decidimos subimos al Talaimendi. Algo de llovizna amenazaba de nuevo bajo el cielo encapotado;  pero un sol tímido que de tanto en tanto se colaba entre nubes nos daba un rayo de optimismo.



 Pero la galerna nos estaba acechando; Apenas media hora  después de dejar atrás el pueblo el cielo volvió a cerrarse y la lluvia a hacerse cada vez más intensa. Esta parte de la senda también se describe en alguna guía como otro magnífico paseo que juguetea  con la ría y el monte.   Nosotros no estábamos para jugueteos. La lluvia arreciaba y arreciaba y arrrreeeciaba y nuestras apenas oreadas ropas pronto se convirtieron de nuevo en pingos mojados sobre el cuerpo. A cada paso, las botas  dejaban salir el agua que ya eran incapaces de contener



Sobre las dos de la tarde conseguimos al fin llegar a Zarauz y a su buen albergue, seco, caliente y vació donde nos dieron toda clase de facilidades para poner a secar nuestra ropa en los grandes radiadores de la galería exterior cubierta que circunda las habitaciones. Después de una gran ducha caliente y de rescatar de la calefacción la ropa menos húmeda posible nos pegamos nosotros mismos a un radiador y la ropa que nos habíamos  puesto,  despidiendo vaho, empezó a sentirse un poco más confortable. Pero  el hambre, que hasta ahora no había hecho acto de presencia, reclamó de forma enérgica alimento. Llevábamos ocho horas luchando con el temporal  y creo que, salvo el café de Orio,  no nos había dado tregua ni para comer una mísera barrita


 Fuera del albergue el aguacero aumentaba, por lo que salir en busca de restaurante podría resultar una nueva aventura y otra más que probable nueva calada; pero, afortunadamente, nuestra suerte cambió un poco porque muy cerca del albergue encontramos un  familiar  mesón  con un excelente menú del día y  “comida de cuchara”.  Fuimos tratados con familiaridad y cortesía. Tomamos un buen potaje de algo, seguramente churrasco y natillas y la vida empezó a parecer otra cosa.
 
El aguacero incesante no nos dejó otro  remedio que volver a refugiarnos en el albergue para pasar la tarde jugando al parchís en  nuestra particular monotonía de lluvia tras los cristales  La clase corrió a cargo de  Juanjo  que,  ejerciendo de maestro, me ganó sin misericordia todas y cada una de las partidas jugadas. 

Como la lluvia seguía,  la mejor opción para cenar la ofrecía el mismo restaurante del mediodía; pero enviciados de parchís, seguro que  por mi inútil deseo de ganar al menos una vez, se nos hizo tarde y cuando llegamos estaban ya cerrando y el personal se disponía a cenar en su propio comedor alegremente organizados todos en torno a la misma mesa donde compartían, además de viandas y vino, una animada conversación en euskera, Sin embargo, sin grandes problemas, se avinieron a cedernos una mesa algo apartada de la suya donde nos sirvieron leche caliente y unos magníficos trozos de bizcocho casero; ¡muchas gracias, señores!. No nos demoramos mucho en dar cuenta de la improvisada cena y volver a buscar las literas. Nos desplomamos en ellas. Estábamos fritos.
 

 

 

 


 



viernes, 5 de marzo de 2021
































Los Inicios




In Memoriam

 Muchas veces, durante todo este tiempo, intentamos sin éxito convencer a Alfredo de que se uniera a nuestra aventura; sin embargo, de alguna forma, siempre estuvo presente en ella, por lo que estas páginas también quieren ser un homenaje a nuestro amigo.




En el otoño de 2009, Juanjo y yo, casi tan  ilusionados como dos muchachos,  iniciamos  el Camino del Norte. Llegamos a Irún en  tren, pernoctamos en su albergue,  juvenil naturalmente,   y bien de mañana,  acometimos la etapa Irún-San Sebastián que callejea al principio por  la ciudad para, en media hora, enfrentarnos a la fuerte subida a la Ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, un hermoso templo en el que se encuentra la patrona de Fuenterrabía y que no pudimos visitar por lo temprano de la hora. A la ermita se había desplazado gentilmente un miembro de la Asociación de Amigos del Camino en Irún, para entregarnos la obligada credencial del peregrino. Fue, seguramente,  la primera de las múltiples atenciones que recibimos en nuestra travesía del País Vasco


Desde la ermita ya sale el camino que, casi cresteando por el norte del monte Jaizkibel, nos llevaría sobre los  acantilados vertiginosos que caen al Cantábrico dejándonos ver amplios  horizontes  marinos en una mañana de lluvia ligera que apenas alcanzaba a mojarnos ni a disminuir nuestro entusiasmo,  embebidos como íbamos en el paisaje de mar y rocas deslumbrante para todos pero especialmente, pienso, para gentes de interior como nosotros poco habituadas a esta magnificencia.
Embelesados  en el fantástico espectáculo de mar y cielo, de sol y nubes, hicimos casi sin darnos cuenta los diez kilómetros que nos separaban del violento descenso a Pasajes. Aquí los cuádriceps van a soportar la primera prueba dura del camino resistiendo el empuje de peregrino y mochila en escaleras y rampas de desniveles superiores al veinte por ciento,
Tanto esfuerzo se veía de sobra recompensado con las espectaculares vistas del pueblo marinero "ese pequeño edén resplandeciente al que llegue por azar y sin saber donde estaba" que hechizó a Víctor Hugo.

La bajada finaliza en Pasajes de San Juan,  donde dimos  un  entusiasmado  paseo bajo los cuatro arcos  de su única calle, la Donibane kalea (calle de San Juan) "que siempre te lleva a donde quieras ir" flanqueada a ambos lados por nobles edificios de piedra ocre erosionada por el salitre y los siglos. Luego repusimos  fuerzas con un gran café y unos buenos pinchos  en una entrañable taberna  del puerto, casi justo enfrente del embarcadero donde tomaríamos La Motora, la pequeña y bonita lancha azul que, en un par de minutos nos llevaría al oeste, a Pasajes de San Pedro,  para continuar nuestra aventura. El tiempo de la mínima travesía se nos fue en contemplar embobados como se alejaban las solariegas casas. Aún era temprano, día de diario, y la ausencia de turistas nos dejó empaparnos a nuestro gusto del sabor marinero de la bahía.

Apenas nos paramos a apreciar Pasajes de San Pedro que en esta zona se reduce a los grandes bloques que forman el espigón hacia el faro porque ya el cuerpo nos pedía de nuevo camino, y desde la punta del mar  enseguida nos enfrentamos a las duras escaleras que habían de sacarnos de la bahía para dejarnos a media altura sobre la ladera del  monte Ulía. Pronto empezamos a ver la silueta inconfundible del Faro de la Plata al parecer llamado así porque las rocas bajo él toman un color plateado, vistas desde el mar,  a determinadas horas del día. Las mochilas ya nos iban pesando y, aunque era tentador, evitamos las rampas que suben hacia él. Nuestro camino, siempre colgado sobre la mar  lo fue dejando atrás, mientras que al oeste empezaba a intuirse San Sebastián.

el descenso hacia las playas donostiarras  de nuevo puso a prueba abductores y cuádriceps aunque el envite  se gratificara con las perspectivas marinas que nos iba regalando el¡ sendero.

 A la entrada de Donostia, aun en las empinadas, algunas escalonadas,  calles que bajan hasta la bonita playa de Zurriola,  recibimos un cariñoso 

 ⎼!!Bienvenidos a nuestra tierra, peregrinos¡¡  

por parte de una agradable mujer, más o menos de nuestra edad.  Esto  nos puso contentos y nos dio fuerzas para terminar de atravesar  Zurriola y acometer la interminable y famosa  Concha en busca del  aterpetxea Ondarreta que está justo al final de la arena y al pie del  Monte Igueldo.  La mar, aunque estaba algo revuelta ,  aun no daba muchas muestras de lo que vendría después; y  aunque el kilometro y medio de playa se nos iba haciendo largo, estábamos contentos:  la primera prueba estaba superada


Era un buen albergue, amplio, acogedor y casi para nosotros solos; pero casi anochecía ya y El Antiguo, la Plaza mayor, pero sobre todo - seamos sensatos  - sus pintxos y sus vinos,  nos llamaban a gritos. Una rápida ducha, y a conquistar Donostia,

Así es que esa noche anduvimos por las blasonadas calles donostiarras más en busca de sus pintxos que de su historia;  pero de ambas cosas y de  buen vino  disfrutamos por  la vetusta  ciudad  aunque el cansancio hacía mella y con los dos primeros vinos nos empezamos a encontrar fundidos;   y la noche comenzaba a complicarse

El  mar se encrespaba deprisa  con el inicio  de una furiosa galerna que azotaba  con olas de cuatro  metros los diques del paseo marítimo ya protegidos con esas vallas y cintas que tantas  veces  vemos por televisión y que ahora nos mantenían alejados de los muelles.  Nosotros no habíamos visto nunca de de cerca  un espectáculo tan sobrecogedor y no sabría decir si estábamos más entusiasmados que asustados; pero desde luego no necesitábamos vallas para mantenernos lejos. El mal tiempo, el cansancio y el vino nos hicieron retirarnos a nuestros cuarteles de invierno - léase albergue-  Aun no pensábamos que la galerna, al final, iba a condicionar y a la postre abortar, nuestra recién iniciada aventura. 

No hay comentarios:


Publicar un comentario en la entrada