Al día siguiente, y aunque ya de partida llovía, salimos de San Sebastián y acometimos animosos la subida del Monte Igueldo mientras el tiempo se cerraba y la fresca lluvia inicial se iba convirtiendo rápidamente en aguaceros cada vez más intensos que pronto hicieron inútiles, chubasqueros, botas y cubre mochilas.
Llevando casi dos horas de camino y siendo ya la empapada irremediable, decidimos seguir adelante con la vana ilusión de que el cielo se volviese más clemente, pero los senderos se convirtieron pronto en torrentes que nos hacían caminar, literalmente, con el agua hasta la rodillas y sin otra alternativa que la de seguir adelante por las sendas desechando la idea de continuar por las estrechas carreteras sin arcenes, llenas de curvas, anegadas y peligrosas por la casi nula visibilidad. Regresar al punto de partida tampoco era una opción porque calculábamos que ya andábamos mas cerca de Orio que de Donosti; así es que cabeza gacha bajo los sombreros empapados y adelante.
Al fin, conseguimos llegar a Orio, otro de estos preciosos pueblos marineros del Norte de España, la patria de Oteiza y todo un hito en el Camino de Santiago. Con el diluvio universal sobre nuestras cabezas poco apreciábamos la belleza de su calle principal por la que bajamos como exhalaciones en busca del refugio que por fin encontramos en la oficina de turismo en donde fuimos acogidos cálidamente por una cariñosa azafata de la que siento no recordar su nombre y que, entre risas, nos calificó como
No quedaba más remedio que intentar llegar a Zarauz. A eso de las doce abrieron algo las nubes y cogimos con ánimo el camino. Aunque continuábamos mojados, la cosa no pintaba tan mal y si seguía sin llover la ropa se secaría caminando. Con buen ánimo, bajamos la calle del muelle – Kaia kalea – tomamos un café deprisa en un bar del propio malecón y atravesamos el puente sobre el río Oria ya prácticamente convertido en ría dado lo inminente de su abrazo con el Cantábrico.
La mojada carretera, con muy profundas curvas y prácticamente sin arcenes, se nos hizo de nuevo más peligrosa que el camino peregrino por el que decidimos subimos al Talaimendi. Algo de llovizna amenazaba de nuevo bajo el cielo encapotado; pero un sol tímido que de tanto en tanto se colaba entre nubes nos daba un rayo de optimismo.
Sobre las dos de la tarde conseguimos al fin llegar a Zarauz y a su buen albergue, seco, caliente y vació donde nos dieron toda clase de facilidades para poner a secar nuestra ropa en los grandes radiadores de la galería exterior cubierta que circunda las habitaciones. Después de una gran ducha caliente y de rescatar de la calefacción la ropa menos húmeda posible nos pegamos nosotros mismos a un radiador y la ropa que nos habíamos puesto, despidiendo vaho, empezó a sentirse un poco más confortable. Pero el hambre, que hasta ahora no había hecho acto de presencia, reclamó de forma enérgica alimento. Llevábamos ocho horas luchando con el temporal y creo que, salvo el café de Orio, no nos había dado tregua ni para comer una mísera barrita
Fuera del albergue el aguacero aumentaba, por lo que salir en busca de restaurante podría resultar una nueva aventura y otra más que probable nueva calada; pero, afortunadamente, nuestra suerte cambió un poco porque muy cerca del albergue encontramos un familiar mesón con un excelente menú del día y “comida de cuchara”. Fuimos tratados con familiaridad y cortesía. Tomamos un buen potaje de algo, seguramente churrasco y natillas y la vida empezó a parecer otra cosa.
El aguacero incesante no nos dejó otro remedio que volver a refugiarnos en el albergue para pasar la tarde jugando al parchís en nuestra particular monotonía de lluvia tras los cristales La clase corrió a cargo de Juanjo que, ejerciendo de maestro, me ganó sin misericordia todas y cada una de las partidas jugadas.
Como la lluvia seguía, la mejor opción para cenar la ofrecía el mismo restaurante del mediodía; pero enviciados de parchís, seguro que por mi inútil deseo de ganar al menos una vez, se nos hizo tarde y cuando llegamos estaban ya cerrando y el personal se disponía a cenar en su propio comedor alegremente organizados todos en torno a la misma mesa donde compartían, además de viandas y vino, una animada conversación en euskera, Sin embargo, sin grandes problemas, se avinieron a cedernos una mesa algo apartada de la suya donde nos sirvieron leche caliente y unos magníficos trozos de bizcocho casero; ¡muchas gracias, señores!. No nos demoramos mucho en dar cuenta de la improvisada cena y volver a buscar las literas. Nos desplomamos en ellas. Estábamos fritos.