La del alba sería del día veinte y nueve de abril del año
del señor de dos mil y quince, amigo Juanjo, cuando los zascandiles,
enmochilados y con la alegre inconsciencia que es propia de la juventud, tomamos
el Ave en Toledo, camino de Madrid-Chamartín. Íbamos, eso sí, protegidos
por los casi dos metros de tu hijo, para nosotros siempre Juanjete, que con la sabiduría y el aplomo de sus
treinta y pico de años y su hábito de desenvolverse en ellos como en su medio
natural, nos condujo con rapidez y
precisión por los laberintos procelosos
de intercambiadores y transbordos por los que casi nos llevó de la manita hasta
dejarnos situados justo frente al andén del Alvia que nos debía conducir
a San Sebastián. Creí percibir un halo de preocupación en su barbuda faz cuando
al final debió abandonar a su destino a su amado padre en compañía de un irresponsable
como yo. Quedamos pues abandonados a nuestra suerte. Nosotros ¿recuerdas? al
verlo partir, desamparados y confusos, no encontramos otro consuelo que
refugiarnos en un chocolate con churros en la cantina de la estación que
sorbimos entre abundantes lágrimas, sobre todo tú, que para eso es tu hijo.
Ya en el tren, haz memoria, ocupaban asientos frente a nosotros dos
distinguidos y atildados caballeros, trajeados encorbatados y circunspectos, y
enseguida estuvimos de acuerdo en que, faltaría
más, eran muchííííííísimo mayores que nosotros. Impecables en su
correctísima vestimenta propia de los latín lover maduros del cine de De Sica,
los dos gentlemen habían dejado junto a nosotros sus maletas, tan
clásicas como ellos y con apariencia de caras. Al parecer inquietos por no tenerlas más cerca,
cambiaron de asiento media docena de veces mientras tu y yo, por lo bajini,
apostábamos a si volverían o no a cambiar de sitio. Ajenos a nosotros ellos
siguieron en su afán cambiante sin
descomponer sus elegantes maneras ni presentar una sola arruga en su vestimenta
hasta que se apearon en Burgos poniendo fin a nuestra tontorrona diversión.
Nos dejaron, recuerda, un poco chafados y aburridos, por lo que una cervecita
fresquita fresquita era sin duda la mejor opción. Luego, como la camarera se
apellidaba Muñoz y resultó ser casi
paisana tuya o algo así y no había nadie más en el bar, pegamos la hebra con ella,
que era simpatica y se prestaba a la charla. Después una cabezada modorra en los asientos y a la una y media o así llegábamos a San Sebastián.
En Donostia nos dimos prisa, casi corrimos,
para llegar cuanto antes a la parada más
próxima del Euskotren, tuvimos suerte, lo cogimos pronto y sobre las dos y media llegamos a Zarauz. Al fin
estábamos de nuevo en la ruta. Justo
donde la abandonamos seis años atrás.
Bien traqueteados por tanto tren, llegamos a Zarauz, cansados,
contentos, con hambre y casi babeando
por una cervecita fresquita fresquita.
El tren nos había dejado en la parte occidental de la espectacular playa “la
reina de las playas” que le dicen los vascos por sus dos kilómetros de longitud
(la más larga de Euskadi) y sabíamos que nuestro camino, como es lógico, partía
a poniente, por lo que decidimos ir andando hacia el oeste por el gran paseo
marítimo hasta encontrar algún sitio donde comer. Pero la suerte parecía de
nuestra parte y nada más llegar a la orilla del mar nos encontramos ni más ni
menos que con el hotel restaurante KARLOS ARGUIÑANO.
Ya sabes lo contentos que nos pusimos. Frotándonos las manos y
decididos a tirar la casa por la ventana, nos fuimos para dentro y aunque
casi nada más entrar ya fuimos advertidos por aquel fornido camarero, tatuado hasta el alma y
no excesivamente amable, de que el restaurante estaba cerrado, cómo nos ofreció
la posibilidad de tomar unas
raciones en las mesas del bar, la perspectiva seguía siendo buena y el razonamiento lógico:
Estamos en el País Vasco tierra de grandes cocineros
La cafetería es de Arguiñano, famosísimo cocinero vasco
Ergo las raciones serán espléndidas, sabrosas, inolvidables.
El silogismo era de libro, así es que con esa perspectiva nos pusimos a fotografiar y
guasapear a la familia la carta de la cafetería, para demostrarles el alto
standing con que los zascandiles iniciábamos
nuestra andadura. Las respuestas, generalmente acusándonos de “morrazos”
y cosas peores no hacían más que aumentar nuestro regocijo por la envidia
que creíamos dar y por la certeza de
las espectaculares y ricas raciones que con todo esmero nos estaban, seguro,
preparando en la cocina, Al fin y al cabo la suerte nos había conducido, o eso
creíamos, a uno de los templos culinarios de Euskadi
Pues ¡NO!
Una vulgar fuente de una todavía más vulgar
ensaladilla y unas rabas chamuscadas, (las pediste tú, no lo niegues) nos
fueron servidas con displicencia por el mozo tatuado, y aunque nos quitaron el
hambre también se llevaron por delante, con nuestro entusiasmo, las ganas de probar algo más. En honor a la
verdad hay que reconocer que el sitio era precioso que la cerveza estaba
fresquita fresquita y habíamos descansado lo suficiente para aprovechar la
tarde. No estábamos para deprimirnos por una pata de calamar más o menos
tiesa-
La mar y la tarde, compañero, estaban espectaculares; así es que
cogimos alegremente el camino de Getaria: Su imponente monumento a Elcano
y su puerto pesquero nos aparecían al alcance de la mano tras los cuatro
kilómetros de paseo marítimo sobre la desierta bahía, apenas pespunteada
por la espuma de un cantábrico tranquilo.
Aún veo el atardecer cayendo sobre Zumaia cuando apareció de pronto
muy abajo tras una revuelta de nuestro camino que hasta ahora se
colgaba sobre los grandes acantilados cayendo a la mar, Nos recreamos en
la panorámica de la playa iluminada por el sol de la tarde y la
vista del canal, el puerto y la propia ciudad presidida por
la iglesia de San Telmo, una oscura mole con más aspecto de
castillo que de templo como tantas otras iglesias-fortaleza vascas del
gótico.
Tras un vertiginoso descenso y ya algo cansados, nos sentamos en un banco del paseo marítimo para contactar con el albergue de peregrinos y enterarnos de que a la señora madre del hospitalero se le había ocurrido morirse ese día (descanse en paz, señora) por lo que el albergue permanecía cerrado. Como es natural me hiciste notar que era culpa mía no haber previsto la estirada de pata de la buena mujer y menos mal que, enseguida, conseguimos contactar con la única alternativa que quedaba, el Albergue de Santa Klara, que estaba solo a un par de kilómetros, tras una ligerísima pendiente, eso sí. Yo no tengo la culpa de que la liviana cuesta se te atragantara sí, total, solo era un desnivel del quince por ciento nada más, seguramente menos de tres mil pasos, y con lo bien que habíamos comido en Arguiñano teníamos reservas de sobra. Bueno a lo mejor si era un poquillo dura la subida, pero vamos que tampoco era pa ponerse así ¡hombre!
¡El cielo tengo ganao, el cielo!
El caso es que subimos como jabatos desatalentaos y al final llegamos a Santa Klara que es una deliciosa casa rural que por cuarenta euros de nada nos ofreció una medio correcta habitación doble con una cama grande endoselada y otra más normalita. La endoselada te la cedí gustoso que para eso eres el jefe; aunque debes reconocer que aparecías entre el dosel como el lobo de caperucita en la cama de la abuelita. ¡Je!
Compartimos hostal con
dos bullangueras españolas de treinta y muchos o cuarenta y alguno
y un italiano guaperas y cuarentón, todos peregrinos. Aunque luego
veríamos que no parecían buscar indulgencias plenarias, pero si jubileos.
La dueña, dispuesta, simpática y comercial, ya que no iba a darnos
cena nos llevó a todos en su todoterreno grandote a distraernos disfrutando de una gran vista del flysch de
Zumaya que a decir de los geólogos es el más importante de la costa vasca. El punto elegido fue la Ermita
de San Telmo, ese templo pequeño y entrañable que ha alcanzado la fama después
de la caótica boda de "8 Apellidos Vascos", y que es un punto
fantástico para contemplar los famosos sedimentos. La marea baja nos permitió
una excepcional panorámica de las playas fósiles.
No nos vamos a olvidar fácilmente ¿verdad? de cómo, tras la visita panorámica, nuestra
patrona nos abandonó de mala manera en el centro de Zumaya para que nos buscásemos la
vida con la cena. – por aquí hay muchos restaurantes buenos, no vais a tener
problemas – nos dijo a modo de despedida.
Luego ya volvería a buscarnos, El
trío italo-español desapareció como por ensalmo tan pronto nos bajamos del
todoterreno mientras tú y yo ya bastante cansados, nos dábamos
cuenta de que en las calles oscuras estaba todo cerrado y buscamos sin suerte
una cena decente. Al final, en uno de los pocos bares abiertos, mal cenamos un par de vinos y unas insípidas raciones de algo que confirmaron que, al menos en lo culinario,
no era nuestro día. Lo más decente de la
jornada había sido el chocolate con churros de Chamartín.
Acuérdate de lo cansados que llegamos al punto de recogida a la hora
prevista y menos mal que nos aguardaba puntual la hija de nuestra patrona,
risueña y robusta moza, en cuya compañía aun tuvimos que aguardar casi una hora, paciente e infructuosamente, a ver si
aparecían nuestras compatriotas; hondamente preocupados por las maldades
que el italiano,que muy probablemente era el violador del flysch, pudiera estar cometiendo con ellas.

Menos mal que la alegre conversación de la aguerrida hija de la dueña que
iba a hacernos de chófer hacía entretenida la espera. Esta poco más que adolescente,
habladora y salada, nos deleitó
con sus hazañas de granjera entre cuyas habilidades destacaba la de
ordeñar sus vacas a mano, lo que obviamente puso de relieve nuestra manifiesta inferioridad ciudadana mientras ella,
ufana y satisfecha, saboreaba el triunfo.
A pesar de todo, verdaderamente agotados, le pedimos que nos llevase a dormir, lo que
hizo encantada abandonando al trío a su suerte.
– Que se las apañen, yo no bajo a buscarlos ya Llegamos a Santa Klara hechos polvo. Llevábamos
dieciocho horas de ajetreo continuo desde que salimos de Toledo. Recuerdo que,
enseguida, de tu baldaquín salían estertores, ronquidos, gemidos y bramidos en
uno de los más acabados conciertos que te conozcoo; pero mi cansancio no me
permitió disfrutar mucho rato de tu arte.
Amanecimos descansados y contentos. Tu cara surgió entre las colgaduras cual Blanca Nieves satisfecha y oronda y tu eterna sonrisa evidenciaba que el concierto nocturno no te había fatigado en absoluto. Durante el parco desayuno (un mal café y unas galletas) tuvimos la alegría de comprobar que nuestras compatriotas habían regresado sobreviviendo a las torturas a las que sin duda hubo de someterlas el malvado espagueti, y se las veía ojerosas pero alegres y cuchicheadoras. Ellas daban por terminado el camino y regresaban a Irún. En cuanto al perverso italiano (conste que la verde envidia no influye en mí, nuestro, calificativo), andaba el hombre un tanto desmejorado, tanto que contrató el transporte de la mochila hasta su próximo albergue, porque, según él había pasado tan mala noche que no iba a poder con el petate.
Recuerda que teníamos la sospecha –más bien tú que eres un desconfiao – de que abandonó la mochila y el camino para seguir rijoso tras nuestras alegres compatriotas, aunque no creo que tuviera éxito porque todo el mundo sabe que la española cuando besa es que besa de verdá y a ninguna le interesa besar por frivolidá ♫♫♫♫
¡¡¡¡Que duro es el Camino del Norte.!!!!





















