Zascandiles en el Camino del Norte

sábado, 10 de julio de 2021

Reiniciamos

 







La del alba sería del día veinte y nueve  de abril del año del señor de dos mil y quince, amigo Juanjo, cuando los zascandiles, enmochilados y con la alegre inconsciencia que es propia de la juventud,  tomamos el Ave en Toledo,  camino de Madrid-Chamartín. Íbamos, eso sí, protegidos por los casi dos metros de tu hijo, para nosotros siempre Juanjete,  que con la sabiduría y el aplomo de sus treinta y pico de años y su hábito de desenvolverse en ellos como en su medio natural,  nos condujo con rapidez y precisión por los  laberintos procelosos de intercambiadores y transbordos por los que casi nos  llevó  de la manita   hasta dejarnos situados justo frente al andén del Alvia que nos debía  conducir a San Sebastián. Creí percibir un halo de preocupación en su barbuda faz cuando al final debió abandonar a su destino a su amado padre en compañía de un irresponsable como yo. Quedamos pues abandonados a nuestra suerte. Nosotros ¿recuerdas? al verlo partir, desamparados y confusos, no encontramos otro consuelo que refugiarnos en un chocolate con churros en la cantina de la estación que sorbimos entre abundantes lágrimas, sobre todo tú, que para eso es tu hijo.

 

Ya en el tren, haz memoria,  ocupaban asientos frente a nosotros dos distinguidos y atildados caballeros, trajeados encorbatados y circunspectos, y enseguida  estuvimos de acuerdo en que, faltaría más, eran   muchííííííísimo mayores que nosotros. Impecables en su correctísima vestimenta propia de los latín lover maduros del cine de De Sica,  los dos gentlemen habían dejado junto a nosotros sus maletas, tan clásicas como ellos y con apariencia de caras.  Al parecer inquietos por no tenerlas más cerca, cambiaron de asiento media docena de veces mientras tu y yo, por lo bajini, apostábamos a si volverían o no a cambiar de sitio. Ajenos a nosotros ellos siguieron en su afán cambiante sin descomponer sus elegantes maneras ni presentar una sola arruga en su vestimenta hasta que se apearon en Burgos poniendo fin a nuestra tontorrona diversión.


Nos dejaron, recuerda, un poco chafados y aburridos, por lo que una cervecita fresquita fresquita era sin duda la mejor opción. Luego, como la camarera se apellidaba  Muñoz y resultó ser casi paisana tuya o algo así y no había nadie más en el bar, pegamos la hebra con ella, que era simpatica y se prestaba a la charla. Después  una cabezada modorra en los asientos y  a la una y media o así llegábamos a San Sebastián. 



 En Donostia nos dimos prisa, casi corrimos,  para llegar cuanto antes a la parada más próxima del Euskotren, tuvimos suerte, lo cogimos pronto y sobre las dos y  media llegamos a  Zarauz. Al fin estábamos de  nuevo en la ruta. Justo donde la abandonamos seis años atrás. 

 


Bien traqueteados por tanto tren, llegamos  a Zarauz, cansados, contentos, con  hambre y casi babeando por una  cervecita fresquita fresquita. El tren nos había dejado en la parte occidental de la espectacular playa “la reina de las playas” que le dicen los vascos por sus dos kilómetros de longitud (la más larga de Euskadi) y sabíamos que nuestro camino, como es lógico, partía a poniente, por lo que decidimos ir andando hacia el oeste por el gran paseo marítimo hasta encontrar algún sitio donde comer. Pero la suerte parecía de nuestra parte y nada más llegar a la orilla del mar nos encontramos ni más ni menos que con el hotel restaurante KARLOS ARGUIÑANO.


 

Ya sabes lo contentos que nos pusimos. Frotándonos las manos y decididos a tirar la casa por la ventana, nos fuimos para dentro y aunque  casi nada más entrar ya fuimos advertidos por aquel fornido camarero, tatuado hasta el alma y no excesivamente amable, de que el restaurante estaba cerrado, cómo nos ofreció  la posibilidad de tomar unas  raciones en las mesas del bar, la perspectiva seguía siendo buena  y el razonamiento lógico:

 

Estamos en el País Vasco tierra de grandes cocineros

La cafetería es de Arguiñano, famosísimo  cocinero vasco

Ergo  las raciones serán espléndidas, sabrosas, inolvidables.

 

El silogismo era de libro, así es que con  esa perspectiva nos pusimos a fotografiar y guasapear a la familia la carta de la cafetería, para demostrarles el alto standing con que  los zascandiles iniciábamos nuestra andadura. Las respuestas, generalmente acusándonos de  “morrazos” y cosas peores  no hacían más que aumentar nuestro regocijo por la envidia que creíamos dar  y por la certeza de las espectaculares y ricas raciones que con todo esmero nos estaban, seguro, preparando en la cocina, Al fin y al cabo la suerte nos había conducido, o eso creíamos, a uno de los templos culinarios de Euskadi

 

Pues  ¡NO!

 

Una vulgar fuente de una todavía  más vulgar  ensaladilla y unas rabas chamuscadas, (las pediste tú, no lo niegues) nos fueron servidas con displicencia por el mozo tatuado, y aunque nos quitaron el hambre también se llevaron por delante, con nuestro entusiasmo,  las ganas de probar algo más. En honor a la verdad hay que reconocer que el sitio era precioso que la cerveza estaba fresquita fresquita y habíamos descansado lo suficiente para aprovechar la tarde. No estábamos para deprimirnos por una pata de calamar más o menos tiesa-



 

           

La mar y la tarde, compañero, estaban espectaculares; así es que cogimos alegremente el camino de Getaria: Su imponente monumento a Elcano y su puerto pesquero nos  aparecían al alcance de la mano tras los cuatro kilómetros de paseo marítimo sobre la desierta  bahía, apenas pespunteada por la espuma de un cantábrico tranquilo.


 Después de la obligada parada y las fotos en el monumento a Elcano,  dimos  una breve vuelta por Getaria con visita a su precioso barrio viejo y  a la magnífica iglesia de San Salvador,   en la que tuvieron lugar las primeras juntas generales de  Guipúzcoa allá por el siglo XIV. Como la tarde apenas empezaba y había tiempo, entramos en el  imponente templo sin esperar que iba a estar regido por un no menos formidable  descendiente de aquellos junteros: un  abrupto párroco de txapela y malas pulgas que nos trajo a la memoria  a  aquellos curas aberzales de los años de fuego y que, con su displicente, si no decididamente hostil, acogida  nos hizo añorar  el mar, el camino y la tarde soleada que, fuera de la iglesia,  nos llamaban a gritos,  por lo que, de mutuo acuerdo (éramos facilones en esto, ¿verdad?) decidimos emprender el camino de Zumaia.  Total, ocho kilómetros más o menos no iban a impresionarnos a estas alturas del día.


 

 

Aún veo el atardecer cayendo sobre   Zumaia cuando apareció   de pronto muy  abajo tras una revuelta de nuestro  camino que hasta ahora se colgaba sobre los grandes acantilados cayendo a la mar, Nos recreamos en  la   panorámica de la playa iluminada por el sol de la tarde y la vista del canal,  el puerto y la propia  ciudad presidida por  la iglesia de San Telmo, una oscura mole con  más aspecto de castillo  que de templo como tantas otras iglesias-fortaleza vascas del gótico.


Tras un  vertiginoso descenso y ya algo cansados,  nos  sentamos en un banco del paseo marítimo para contactar con el albergue de peregrinos y enterarnos de que a la señora madre del hospitalero se le había ocurrido morirse ese día (descanse en paz, señora)  por lo que el albergue permanecía cerrado. Como es natural me hiciste notar que era culpa mía no haber previsto la estirada de pata de la buena mujer y menos mal que, enseguida, conseguimos contactar con  la única alternativa que quedaba,  el Albergue de Santa Klara,  que estaba solo a  un par de kilómetros, tras una ligerísima pendiente, eso sí. Yo no tengo la culpa de que la liviana cuesta se te atragantara sí, total,  solo era un desnivel del quince por ciento nada más, seguramente menos de tres mil pasos,  y con lo bien que habíamos comido en Arguiñano teníamos reservas de sobra. Bueno a lo mejor si era un poquillo dura la subida, pero vamos que tampoco era pa ponerse así ¡hombre!

 

¡El cielo tengo ganao, el cielo!



El caso es que subimos como jabatos desatalentaos y  al final  llegamos a Santa Klara  que es una deliciosa casa rural  que por cuarenta euros  de nada nos ofreció  una medio correcta habitación doble con una cama grande endoselada  y otra más normalita. La endoselada te la cedí gustoso que  para eso eres el jefe; aunque debes reconocer que aparecías entre el dosel como el lobo de caperucita en la cama de la abuelita. ¡Je!

 

Compartimos hostal  con  dos bullangueras españolas de treinta y muchos o cuarenta y alguno  y un italiano guaperas y cuarentón,  todos peregrinos. Aunque luego veríamos que no parecían buscar indulgencias plenarias, pero si jubileos.

 

La dueña, dispuesta,  simpática y comercial, ya que no iba a darnos cena nos llevó a todos en su todoterreno grandote a distraernos  disfrutando  de una gran vista  del  flysch de Zumaya que a decir de los geólogos es el más importante de  la costa vasca. El punto elegido fue la Ermita de San Telmo, ese templo pequeño y entrañable que ha alcanzado la fama  después de la caótica boda de  "8 Apellidos Vascos", y que es un punto fantástico para contemplar los famosos sedimentos. La marea baja nos permitió una excepcional panorámica de las playas fósiles.




No nos vamos a olvidar fácilmente  ¿verdad? de cómo, tras la visita panorámica, nuestra patrona  nos abandonó de mala manera  en  el centro de Zumaya para que nos buscásemos la vida con la cena. – por aquí hay muchos restaurantes buenos, no vais a tener problemas – nos dijo a modo de despedida.   Luego ya volvería a buscarnos,  El trío italo-español desapareció como por ensalmo tan pronto nos bajamos del todoterreno mientras tú y yo ya  bastante cansados, nos dábamos cuenta de que en las calles oscuras estaba todo cerrado y buscamos sin suerte una cena decente. Al final, en uno de los pocos bares abiertos, mal cenamos  un par de vinos y unas insípidas raciones de algo  que confirmaron que, al menos en lo culinario, no era nuestro  día. Lo más decente de la jornada había sido el chocolate con churros de Chamartín.

 

Acuérdate de lo cansados que  llegamos al punto de recogida a la hora prevista y  menos mal que nos  aguardaba puntual la hija de nuestra patrona, risueña y robusta moza,  en cuya compañía aun tuvimos que aguardar casi  una hora, paciente e infructuosamente, a ver si aparecían nuestras compatriotas; hondamente preocupados por las maldades que el italiano,que muy probablemente era  el violador del flysch, pudiera estar cometiendo con ellas.  


Menos mal que la alegre conversación de la  aguerrida hija de la dueña que iba a hacernos de chófer hacía entretenida la espera. Esta poco más que adolescente,  habladora y salada,  nos deleitó con sus hazañas de granjera  entre cuyas habilidades destacaba la de ordeñar sus vacas a mano, lo que obviamente puso de relieve  nuestra manifiesta  inferioridad  ciudadana mientras ella, ufana y satisfecha, saboreaba el triunfo.

 

A pesar de todo,   verdaderamente agotados,  le pedimos que nos llevase a dormir, lo que hizo encantada abandonando al trío a su suerte.  – Que se las apañen, yo no bajo a buscarlos ya Llegamos a Santa Klara hechos polvo. Llevábamos dieciocho horas de ajetreo continuo  desde que salimos de Toledo. Recuerdo que, enseguida, de tu baldaquín salían estertores, ronquidos, gemidos y bramidos en uno de los más acabados conciertos que te conozcoo; pero mi cansancio no me permitió disfrutar mucho rato de tu arte.



Amanecimos descansados y contentos. Tu cara surgió entre las colgaduras  cual Blanca Nieves satisfecha y oronda y tu eterna sonrisa evidenciaba que el concierto nocturno no te había fatigado en absoluto. Durante el parco  desayuno (un mal café y unas galletas)  tuvimos la alegría de comprobar que nuestras compatriotas habían regresado sobreviviendo  a las torturas a las que sin duda hubo de someterlas el malvado espagueti, y se las veía ojerosas pero alegres y cuchicheadoras.  Ellas daban por terminado el camino y regresaban a Irún. En cuanto al perverso italiano (conste que la verde envidia no  influye en mí, nuestro, calificativo), andaba el hombre un tanto desmejorado, tanto que contrató el transporte de la mochila hasta su próximo  albergue, porque, según él había pasado tan mala noche que no iba a poder con el petate.

 

Recuerda que teníamos  la sospecha –más bien tú que eres un desconfiao – de  que abandonó la mochila y el camino para seguir rijoso tras nuestras alegres compatriotas, aunque no creo que tuviera éxito porque todo el mundo sabe que la española cuando besa es que besa de verdá y a ninguna le interesa besar por frivolidá ♫♫♫♫

 

¡¡¡¡Que duro es el Camino del Norte.!!!!

































































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