Zascandiles en el Camino del Norte

martes, 4 de mayo de 2021

La Retirada

 



Diluvió toda la noche;  por la mañana arreciaba el chaparrón, y los pronósticos, ahora sí habíamos visto la predicción,  empeoraban para al menos una semana más, por lo que al final y bien a nuestro pesar, asustados por las penalidades del día anterior y abrumados por el aguacero continuo y las sombrías perspectivas del tiempo venidero, decidimos  afrontar la realidad y, con un vago sentimiento de cobardía, abandonar.



Adoptada la decisión de dejarlo, la mejor alternativa de regreso era tomar un  tren interior a  Bilbao y buscar  desde allí un enlace para llegar a Madrid así es que,  casi de noche aun,  nos fuimos del albergue porque nos interesaba coger el primer euskaltren disponible  para llegar cuanto antes a Bilbao y gestionar la vuelta a casa. No recuerdo donde desayunamos pero creo que  compramos algo  para hacerlo sobre la marcha.




 El tren doméstico tarda casi tres horas en cubrir los noventa kilómetros, más o menos, entre Zarauz y Bilbao y su ruta debe ser preciosa al menos en  el  tramo de Zarauz hasta Deba por  donde sigue casi la línea de la mar; pero la cortina de agua que seguía cayendo no nos permitía apreciar belleza paisajística alguna; tan solo de tanto en tanto algunos árboles desdibujados como fantasmas cruzaban cerca de las ventanillas empañadas que de vez en cuando intentábamos limpiar de vaho en nuestro afán de ver algo. Sin  embargo a medida que el tren nos internaba en el Duranguesado la cercanía de los edificios a las vías  nos dejaba verlos y nos  ofrecía una perspectiva menos idílica de Euskadi: La imagen de los oscuros pueblos-barrio de bloques de ladrillo chorreante que el tren casi rozaba alternando con largos tramos  de zonas industriales en abandono que la incansable lluvia teñía  de marrones y grises subrayando sin limpiarla la sucia apariencia  de los edificios descarnados. En el interior caliente del tren, animadas conversaciones en euskera  no hacían  más que aumentar un cierto sentimiento de aislamiento y soledad,  algo de tristeza por la rendición y, ya abandonada la aventura, el deseo de estar calientes, secos y en casa.

 





Bilbao nos recibió con la misma lluvia incansable  que disfrutábamos desde ayer,  y  que nos obligó a ofrecer  la curiosa estampa de nuestros cubre mochilas  rojo y gualda, incompleta bandera de España, que tuvimos que portear  por la ciudad toda la mañana  porque en la estación central de Renfe no existía consigna donde dejar los petates  (la explicación era obvia entonces). Compramos nuestros billetes y después de conocer a una activista de algo, ya talludita, que a Juanjo le  hizo una encuesta sobre no sé qué, nos fuimos a conquistar Bilbao. La lluvia seguía  aunque era más soportable, a ratos poco más que un  sirimiri,  y siempre  podíamos andar refugiándonos  bajo los  soportales y  saledizos de la ciudad vieja. Un par de horas  nos fuimos de visita al Guggenheim con lo que, además de culturizarnos,  conseguimos darle esquinazo, de una sola tacada, al aguacero y a las mochilas que, aquí sí, nos admitieron en el guardarropas del museo







Luego seguimos paseando por el Casco Antiguo y la Ría nuestra mutilada enseña nacional y nuestro aspecto de españolazos  trasnochados  pero sin reparos ni problemas para visitar la ciudad, tomarnos unos vinos y, ya llegado el mediodía,   comer muy bien en un pequeño restaurante de la plaza de Unamuno donde tuvimos la fortuna de conseguir una mesa con vistas a la misma plaza que brillaba preciosa de lluvia,  Su buen menú del día y la atención del personal, constituyen un hito que recordaremos siempre en nuestras andariegas aventuras. Los vinos y la buena comida nos iban levantando la moral y, a pesar de los chaparrones que nos seguían sacudiendo de tanto en tanto, ya nos sentíamos  tan contentos cuando nos fuimos a la estación. No nos veíamos cobardes sino prudentes e inteligentes por la sabia decisión tomada, y deseábamos ya la salida del tren que, si no recuerdo mal, partía sobre las seis de la tarde.




 

-        ¡Hombre, mis amigos de Madrid! -

  

La aberzale de la encuesta  seguía por allí, inasequible  al desaliento…  y nos liamos de política. En realidad creo que ella estaba deseando entablar conversación y hablarnos de su socialismo abertzale militante y su lucha por la libertad de su pueblo (sic)  Se quedó un tanto sorprendida  porque  la dije que lo de socialismo y nacionalismo eran teóricamente incompatibles, o algo así,  porque creo que era una idea  que no se había planteado antes; pero la discusión resultó animada y, como dicen los jóvenes, de buen rollo, y Juanjo quedó muy contento porque, según dijo, yo la había puesto en su sitio. Nos despedimos deseándonos suerte y nuestra activista siguió alegremente buscando capturas para  sus encuestas.

 



 

Iniciada ya la tarde salimos hacia Madrid con añoranza caminera y el firme propósito de volver.


Después Juanjo, por diversos motivos, no pudo reanudar el camino que yo al fin terminé sin él. Sin embargo nunca abandonamos el propósito de reanudarlo juntos en el punto en el que lo interrumpimos.











 

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