Diluvió toda la noche; por la mañana arreciaba el chaparrón, y los
pronósticos, ahora sí habíamos visto la predicción, empeoraban para al menos una semana más, por
lo que al final y bien a nuestro pesar, asustados por las penalidades del día
anterior y abrumados por el aguacero continuo y las sombrías perspectivas del
tiempo venidero, decidimos afrontar la
realidad y, con un vago sentimiento de cobardía, abandonar.
El tren doméstico tarda casi tres horas en cubrir los noventa kilómetros, más o menos, entre Zarauz y Bilbao y su ruta debe ser preciosa al menos en el tramo de Zarauz hasta Deba por donde sigue casi la línea de la mar; pero la cortina de agua que seguía cayendo no nos permitía apreciar belleza paisajística alguna; tan solo de tanto en tanto algunos árboles desdibujados como fantasmas cruzaban cerca de las ventanillas empañadas que de vez en cuando intentábamos limpiar de vaho en nuestro afán de ver algo. Sin embargo a medida que el tren nos internaba en el Duranguesado la cercanía de los edificios a las vías nos dejaba verlos y nos ofrecía una perspectiva menos idílica de Euskadi: La imagen de los oscuros pueblos-barrio de bloques de ladrillo chorreante que el tren casi rozaba alternando con largos tramos de zonas industriales en abandono que la incansable lluvia teñía de marrones y grises subrayando sin limpiarla la sucia apariencia de los edificios descarnados. En el interior caliente del tren, animadas conversaciones en euskera no hacían más que aumentar un cierto sentimiento de aislamiento y soledad, algo de tristeza por la rendición y, ya abandonada la aventura, el deseo de estar calientes, secos y en casa.
Bilbao nos recibió con la misma lluvia incansable que disfrutábamos desde ayer, y que nos obligó a ofrecer la curiosa estampa de nuestros cubre mochilas rojo y gualda, incompleta bandera de España, que tuvimos que portear por la ciudad toda la mañana porque en la estación central de Renfe no existía consigna donde dejar los petates (la explicación era obvia entonces). Compramos nuestros billetes y después de conocer a una activista de algo, ya talludita, que a Juanjo le hizo una encuesta sobre no sé qué, nos fuimos a conquistar Bilbao. La lluvia seguía aunque era más soportable, a ratos poco más que un sirimiri, y siempre podíamos andar refugiándonos bajo los soportales y saledizos de la ciudad vieja. Un par de horas nos fuimos de visita al Guggenheim con lo que, además de culturizarnos, conseguimos darle esquinazo, de una sola tacada, al aguacero y a las mochilas que, aquí sí, nos admitieron en el guardarropas del museo
Luego seguimos paseando por el Casco Antiguo y la Ría nuestra mutilada enseña nacional y nuestro aspecto de españolazos trasnochados pero sin reparos ni problemas para visitar la ciudad, tomarnos unos vinos y, ya llegado el mediodía, comer muy bien en un pequeño restaurante de la plaza de Unamuno donde tuvimos la fortuna de conseguir una mesa con vistas a la misma plaza que brillaba preciosa de lluvia, Su buen menú del día y la atención del personal, constituyen un hito que recordaremos siempre en nuestras andariegas aventuras. Los vinos y la buena comida nos iban levantando la moral y, a pesar de los chaparrones que nos seguían sacudiendo de tanto en tanto, ya nos sentíamos tan contentos cuando nos fuimos a la estación. No nos veíamos cobardes sino prudentes e inteligentes por la sabia decisión tomada, y deseábamos ya la salida del tren que, si no recuerdo mal, partía sobre las seis de la tarde.
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¡Hombre, mis amigos de Madrid! -
La aberzale de la encuesta seguía por allí, inasequible al desaliento… y nos liamos de política. En realidad creo
que ella estaba deseando entablar conversación y hablarnos de su socialismo abertzale
militante y su lucha por la libertad de
su pueblo (sic) Se quedó un tanto
sorprendida porque la dije que lo de socialismo y nacionalismo
eran teóricamente incompatibles, o algo así, porque creo que era una idea que no se había planteado
antes; pero la discusión resultó animada y, como dicen los jóvenes, de buen
rollo, y Juanjo quedó muy contento porque, según dijo, yo la había puesto en su
sitio. Nos despedimos deseándonos suerte y nuestra activista siguió alegremente
buscando capturas para sus encuestas.
Iniciada ya la tarde salimos hacia Madrid con añoranza caminera y el firme propósito de volver.
Después Juanjo, por diversos motivos, no
pudo reanudar el camino que yo al fin terminé sin él. Sin embargo nunca
abandonamos el propósito de reanudarlo juntos en el punto en el que lo
interrumpimos.